martes, 18 de junio de 2013

Salamanca en la Guerra de Sucesión


Con la muerte en 1700 de Carlos II, conocido como el “Hechizado” por la extraña creencia de que lo había sido de verdad, y al no dejar descendiente directo que ocupara el trono, la casa de los Austrias deja de regir los destinos de España y da paso a la de los Borbones, al ser nombrado sucesor legítimo de este, el nieto de la hermana mayor del rey fallecido. Felipe de Anjou coronado como Felipe V, pasa de esta manera a ser el regente de una nación con graves problemas económicos, grandes diferencias sociales y un más que notable desprestigio exterior.
Pero sus problemas no se limitan sólo al ámbito interno, ya que algunas potencias como Inglaterra y los Países Bajos recelan del poder que puede llagar a ostentar si como heredero también al trono francés, reúne bajo su figura las dos grandes coronas de Francia y España pudiendo llegar a imponerse como una gran potencia hegemónica, que pudiera dar al traste con los intereses expansionistas de estas dos grandes naciones.

Ante esta posible amenaza se forma una Gran Alianza de la que forman parte Inglaterra, Países Bajos, Portugal, Dinamarca, Austria y Saboya, que declara la guerra a España y Francia, para intentar subir al trono a su propio monarca, el Archiduque Carlos de Habsburgo. Se inicia de esta manera una confrontación bélica europea pasando a convertirse en nuestro país en una devastadora guerra civil a partir de 1705, al alinearse con las potencias del bando del Archiduque, la Corona de Aragón y especialmente Cataluña, tras el Tratado de Génova. Del lado de Felipe V estarán las de Castilla, Navarra y las Provincias Vascongadas.

Salamanca se verá de esta manera inmersa en una Guerra en la que tanto se jugaba y de la que acabaría sacando, gracias a su apoyo a la causa borbónica, su joya más preciada: la Plaza Mayor.

Con la incorporación de Portugal a la denominada Gran Alianza, se refuerzan las plazas fronterizas con el país vecino y se restablecen las milicias en la capital y su provincia. Para reforzar la plaza salmantina el Duque de Berwick (Werbick), Jacobo Fitz James Estuard y el Gobernador de la frontera de Castilla don Francisco Ronquillo Briceño y Osorio, entran en la capital charra con 12.000 hombres, entre ellos la guardia personal de Duque compuesta por irlandeses y mercenarios valones y napolitanos el 12 de agosto de 1703, ocupando los que pudieron alojarse en él, el antiguo colegio de los Jesuitas, por esas fechas el Hospicio de la ciudad, frente al Colegio Fonseca, (hoy colegio Maestro Ávila), el resto encontró acomodo en la feligresía de San Blas. 
Durante los dos siguientes años las tropas del Duque de Berwick conquistarán diversos pueblos de la frontera portuguesa y ayudarán en la defensa de Ciudad Rodrigo, hasta su definitiva caída en mayo de 1706. El rey portugués conquistada definitivamente la ciudad por las tropas del Marques de Minas y de lord Galloway la declarará anexionada a Portugal en fechas posteriores.

El 3 de junio de ese mismo año, cuando los salmantinos estaban festejando la procesión del Corpus Christi, se presenta ante la Puerta del Río un emisario del general portugués Marqués de Minas para que se rindiera la ciudad a las tropas del Archiduque, que en ese momento tenia acampados cerca de la ciudad a 30.000 hombres. Ante la imposibilidad de hacer frente a tan descomunal ejército el Duque de Berwick parte hacia Madrid con todas sus tropas, pidiendo antes de su partida que la ciudad no presentara batalla y para evitar un innecesario derramamiento de sangre, se sometiera al ejercito enemigo. 



Cuatro días más tarde y sin que nadie opusiera resistencia, entran en la capital tropas anglo-holando-portuguesas, quedando la mayoría de su destacamento acampados en los terrenos que hay entre Santa Marta y el Aldehuela. El Marques de Minas y el general ingles lord Galloway fueron alojados en el monasterio de San Jerónimo. 
Para evitar las tropelías que tenían por costumbre realizar los soldados ingleses y holandeses con las ciudades rendidas, fueron apostados en conventos de religiosas y en la Catedral tropas portuguesas para velar por su integridad. No se consiguió lo mismo con los pueblos cercanos a la capital ya que estos si se vieron sometidos a la rapiña de las tropas anglo-holandesas. Esto incendia los ánimos de los ciudadanos de la capital, que esperan el momento propicio para devolverles los daños causados.

Restos del Convento de San Jerónimo, en el interior de la dependencias del Grupo Mirat (http://es.wikipedia.org/wiki/Mirat)
En un acto de valor de un grupo de salmantinos que tan fervientemente querían servir a la causa de Felipe V, el 14 de julio se enfrentan en las cercanías del convento de San Jerónimo a un pequeño grupo de soldados portugueses y a los que desde la ciudad habían salido a socorrerles. Estos venían escoltando unos carros con material y dinero para el ejercito que ocupaba Ciudad Rodrigo. Es en ese momento de lucha cuando las campanas de la ciudad tocan a arrebato, avisando de esta manera de la circunstancia que se está dando a pocos pasos del núcleo urbano. Como accionados por un resorte, muchos de los vecinos de la capital salen en ayuda de los valerosos charros que tan fervientemente pelean por su rey, consiguiendo poner en fuga a las tropas enemigas, avanzadilla de otro convoy mayor que venía desde Guadarrama capitaneado por el general holandés Francisco Farrel. Estos consiguen ponerse a salvo en el cercano pueblo de Mozárbez. 
Con los ánimos enardecidos por la victoria de tan gloriosa escaramuza los salmantinos se dan a la persecución de todos aquellos vecinos más proclives a la causa del Archiduque Carlos, teniendo estos que abandonar la ciudad para poner a buen resguardo su vida y la de sus familiares.



El día 23 de julio se recibe en el ayuntamiento una amenazante comunicación del General Farrel en la que por carta se insta a la ciudad a devolver todo el material que le fue requisado por los salmantinos en la refriega del convoy, debiendo atenerse a las consecuencia en caso de ser negativa la respuesta.
Bien, pues la respuesta no se hizo esperar y el general Vega la tramitó en unos términos que  no dejaban lugar a la duda, lo hecho hecho estaba y no se devolvería nada de lo recuperado el día 14. 

Temerosos de una posible represalia por la escaramuza del convoy, los salmantinos viendo que para enfrentarse a un ejercito mejor instruido que ellos, comienzan a reforzar la muralla que hasta ese momento no había sido más que una raquítica fortificación recuerdo de mejores tiempos. Se levantan parapetos y se construyeron rebellines en las puertas de San Pablo, Santo Tomás, San Bernardo y Zamora. En la parte de la muralla entre las puertas de Sancti Spíritus y Santo Tomás y ante la imposibilidad de reforzar este tramo del muro que estaba arruinado, se tapa esta zona con una tela pintada simulando que lo que allí existe es un muro de verdadera piedra.
Para mejorar la plaza salmantina y con el general Antonio de la Vega al mando, se hace llamar a los milicianos de las provincias limítrofes consiguiendo reunir un nutrido grupo de 8.000 hombres, más algunos clérigos armados, doctores, colegiales y estudiantes de la Universidad salmantina, todos ellos poco instruidos en las artes de la guerra. En ayuda de sus leales súbditos y sabiendo que desde Ciudad Rodrigo se estaba desplazando un más que notable contingente de tropas para dar escarmiento por el ataque sufrido, el rey mandó acercarse hasta la capital a varias compañías y regimientos de sus ejércitos, para no dejar desamparada a una de sus más leales ciudades.

El 13 de septiembre aparece por el Teso de la Feria la avanzadilla del ejercito enemigo compuesto por más de 6.000 hombres. No tardan mucho los salmantinos en apostarse en la muralla para dar pronta respuesta en caso de ataque de tan experimentada soldadesca. Pero cuando más resuelta estaba la gente para enfrentarse al enemigo, el general Vega ante la mirada incrédula de los presentes, decide partir hacia Peñaranda con sus tropas en traicionera acción, dejando a la ciudad huérfana de todo hombre adiestrado en el combate. Mientras tanto y en vista de las pocas posibilidades que hay de que un posible ataque sea rechazado por tan humilde defensa, las tropas enemigas posicionan a su artillería a lo largo de las puertas de Toro, Sancti Spíritus y la de Santo Tomás comenzando a bombardear la muralla y las puertas que frente a ellos tenían, causando graves daños no sólo a los muros sino también a iglesias y conventos cercanos a ellos.


Campanas de la Iglesia de San Martín.

Durante más de dos días estuvieron los salmantinos recibiendo fuego incesante de artillería y de fusilería, lo que provocó que gran parte de la muralla en su lado este fuera literalmente barrida a cañonazos. En las puertas de ese lado que habían sido tapiadas para evitar el paso de las tropas enemigas, el empuje de los atacantes acabó siendo suficiente para abrir en ellas varias brechas que hubieran servido para ser traspasadas por tan cruento enemigo, si no hubieran sido repelidos por la balas de los defensores. Mientras los valerosos salmantinos recibían una incesante lluvia de granadas y balas, las mujeres que se habían organizado en grupos para prestar ayuda en el traslado de material, armamento y víveres allí donde más preciso fuera, asistían a los heridos y moribundos en tan precarios momentos. 
Pero la mañana del día 17 con la munición agotada y la mayoría de las líneas comprometidas o fuertemente hostigadas, se alza en las puertas de Sancti Spíritus y Zamora bandera blanca para avisar al enemigo la decisión tomada por los defensores de entregar la plaza, instándoles con este acto a detener tan destructor fuego. 
Hasta ese momento los salmantinos habían perdido en los diferentes combates a cerca de 400 vecinos.


Para negociar la rendición de la ciudad fue designado el fraile dominico Cayetano Benítez de Lugo, que con el tiempo acabaría siendo Obispo de Zamora.
Las condiciones que fueron impuestas en la negociación por el Vizconde de Fuentearcada, resultaron altamente costosas a las arcas de la ciudad, ya que tuvieron que ser satisfechas fuertes sumas de dinero y gran cantidad de material, animales, pertrechos de guerra y alimentos, más la sumisión incondicional al rey Carlos III.
Aunque lo peor estaba por llegar, ya que los saqueos cometidos por los soldados de Farrel, resultaron bastante más perjudiciales para la ciudad que las condiciones impuestas tras la capitulación. En los conventos de San Jerónimo y del Jesús, los colegios de la Vega y el de Huérfanos y los hospitales de Santa María la Blanca y el del Amparo fueron robados todos los objetos de valor en ellos había, resultando seriamente dañados tanto en los momentos en que duró el combate como en su posterior saqueo, amen de los robos y vejaciones que cometieron por toda la ciudad como en los pueblos cercanos.
Se dio el curioso caso, de que la universidad y los colegios menores, tuvieron que pagar cerca de 140 pesos cada uno para recuperar sus respectivas campanas que habían sido bajadas para ser trasladadas con el botín conseguido a Ciudad Rodrigo.
Cuando el día 24 de septiembre el ejercito abandona Salamanca, el gobernador, alcalde mayor, el corregidor y varios de los vecinos más influyentes de la capital, son llevados con ellos en condición de prisioneros, siendo liberados en los días siguientes.

Campanas de la Universidad

Dos días después de ser abandonada la ciudad por el ejercito enemigo, las tropas leales a Felipe V entran en ella, volviendo ésta a prometer obediencia al monarca Borbón. Durante los días posteriores se inician los trabajos de reconstrucción de la muralla en las partes donde más había sido dañada, sobre todo en el tramo comprendido entre las puertas de Sancti Spíritus y Santo Tomás.
Un año más tarde, en 1707 y con las defensas ya reforzadas, el ejército enemigo capitaneado por el conde San Juan es rechazado conjuntamente por las milicias concejiles y los regimientos de caballería de Santiago, Chaves y Pavón, extraordinariamente capitaneadas por el conde de Montenegro.
Cabe destacar la aportación que brindó a su ciudad la Virgen de la Vega, ya que los salmantinos con el miedo todavía en el cuerpo por los daños infligidos un año antes por las mismas tropas, se encomiendan a su patrona para que les ayude a vencer a los soldados portugueses, cosa que tuvo que suceder a la vista de tan notable victoria.

No será hasta 1710 cuando el monarca visite la ciudad salmantina en su paso hacia Extremadura. Para tal ocasión se empedraron las calle de Zamora y Concejo y se consiguieron para la causa del monarca que por aquel entonces presentaba muy mal aspecto con la pérdida de la batalla de Zaragoza, hombres material y dinero, que este supo muy bien agradecer, ya que a instancias del ayuntamiento y como agradecimiento a tan notables esfuerzos hechos por la ciudad, da su consentimiento para la construcción de la actual Plaza Mayor, obras que no se llevarían a cabo hasta el año de 1729.


Placa conmemorativa del inicio de las obras de la Plaza Mayor.

No se volverán a ver por las cercanías de la ciudad más tropas enemigas. Con el paso de los años el frente de la guerra se irá trasladando al oriente peninsular hasta su total finalización en 1713, concluyendo con la firma del Tratado de Utrecht, donde será reconocido como legitimo heredero al trono español Felipe V, renunciando así mismo a cualquier posibilidad de ascenso al trono francés, y en el que se le cedía a Inglaterra, Gibraltar y Menorca, entre otras muchas concesiones a los componentes del bando de los aliados.





  • Reseña geográfica-histórica de Salamanca y su provincia, para uso de los colegios y escuelas de la misma.  Jacinto Vázquez de Parga y Mansilla.
  • Historia de Salamanca. Manuel Villar y Macias.
  • La Reina del Tormes.  Fernando Araujo.
  • Historia de la Universidad de Salamanca Vol .IV, Vestigios y Entramados. Luis E. Rodríguez San Pedro-Bézares.
  • Victus. Albert Sánchez Piñol.

2 comentarios :

  1. El reproducido como Marqués das Minas en este blog es en realidad el españolísimo Don Jaime de Guzmán-Dávalos, Marqués de la Mina, y no el portugués Don Anatonio de Sousa, Marqués das Minas.

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    1. Muchísimas gracias por su información, queda corregido el error.

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